Destino o Predestinación

v me decía que la creencia en el destino no era algo correcto, no acababa de comprender el porqué. Es por esta misma razón que un buen día me dí a la busqueda de una respuesta. Es por esto que me gustaría compartir este magnifico tratado de San Agustín sobre el destino.

"Que la felicidad del imperio romano y de todos los reinos no es casual ni debida a la posición de las estrellas. La causa, pues, de la grandeza y amplificación del Imperio romano no es fortuita ni fatal, según el sentir de los que afirman que las cosas fortuitas son las que, o no reconocen causa alguna, o suceden sin algún orden razonable, y las fatales, las que acontecen por la necesidad de cierto orden y contra la voluntad de Dios y de los hombres. 

Sin duda alguna, que la Divina providencia es la que funda los reinos de la tierra; y si ningún entusiasta atribuye su erección al hado [destino], fundado en que por el nombre de hado se entiende la misma voluntad o poder de Dios, siga su opinión y refrene la lengua; y este tal ¿por qué no dirá al principio lo que ha de decir al fin cuando le preguntaren que entiende por destino? Porque cuando lo oyen los hombres, según el común modo de hablar, no entienden por esta voz sino la fuerza de la constitución de las estrellas, calculada según el estado en que se hallan cuando uno nace o es concebido; cuya operación intentan varios eximir de la voluntad de Dios, aunque otros quieren que este efecto dependa asimismo de ella; pero a los que son de opinión que sin la voluntad de Dios las estrellas decretan lo que hemos de practicar o lo que tenemos de bueno o padecemos de malo, no hay motivo para que les den oídos ni crédito, no sólo los que profesan la verdadera religión, sino los que siguen el culto de cualesquiera dioses, aunque falsos; porque esta opinión errónea ¿qué otra cosa hace que persuadir que de ningún modo se adore a dios alguno, ni se le haga oración? Contra éstos, al presente, no disputamos, sino contra los que contradicen a la religión cristiana en defensa de los que ellos tienen por dioses; pero los que se persuaden estar dependiente de la voluntad de Dios la constitución de las estrellas, que en alguna manera decretan o fallan cuál es cada uno y lo que le sucede de bueno y de malo, si juzgan que las estrellas tienen este poder recibido del supremo poder de Dios, de modo que determinen voluntariamente estos efectos, hacen grande injuria al Cielo, en cuyo clarísimo consejo (digámoslo así) e ilustrísima corte, piensan que se decretan las maldades que se han de perpetrar por los malvados: que si tales las acordara alguna ciudad de la tierra por decreto de los hombres, debiera ser destruida y asolada. ¿Y qué imperio y jurisdicción le queda después a Dios sobre las acciones de los hombres si las atribuyen a la necesidad del Cielo, o, por mejor decir, a la fatal constelación de los astros, siendo este gran Dios el Señor absoluto y Criador de los hombres y de las estrellas? 

Si dicen que las estrellas no decretan estos sucesos a su albedrío, aunque hayan obtenido facultad del sumo Dios, sino que en causar tales necesidades cumplen puntualmente sus mandatos, ¿es posible que hemos de sentir de Dios lo que nos pareció impropio sentir de la voluntad de las estrellas? Si instan, diciendo que las estrellas significan los futuros contingentes, pero que no los ejecutan, de modo que aquella constitución sea como una voz que anuncia lo que está por venir, mas que no sea causa de ello (porque esta opinión fue de algunos filósofos bastante ignorantes), no suelen explicarse así los matemáticos, de forma que digan de esta manera: “Marte, puesto en tal disposición, anuncia un homicidio”, sino que dicen: “Hace un homicida”; pero aun cuando concedamos que no se expresan como deben, y que es necesario tomen de los filósofos la regla de cómo han de hablar para pronosticar lo que piensan que alcanzan para la constitución dc las estrellas, ¿qué arcano tan profundo o dificultad tan intrincada es ésta, que jamás pudieron dar la razón por qué en la vida de los mellizos nacidos de un parto, en sus acciones, sucesos, profesiones, artes, oficios, en todo lo demás que toca a la vida humana y en la misma muerte, hay por la mayor parte tanta diferencia, que les son más parecidos y semejantes en cuanto a estas cualidades muchos extraños que los mismos mellizos entre sí, a quienes, al nacer, los 
dividió un corto espacio de tiempo, y al ser concebidos con un mismo acto, y aun en un mismo movimiento, los engendraron sus, padres?"



Agustín de Hipona (413-426 d.C.). Ciudad de Dios. Libro V. Capitulo I.