El hombre y el Rey

Cierto día un hombre se presentó en la corte del reino de Emet. El hombre había escuchado muchas cosas buenas sobre este reino, pero nunca llegó a creerse todas esas tonterías y se  dispuso –en su corazón—destruir esa antigua fábula.  Habiéndose alojado en el castillo (hay que decir que se sorpendió mucho por el buen trato; aunque el recuerdo le duró poco), el hombre mandó traer al ministro del Rey.

—No es en vano que he venido a este castillo—dijo el hombre al ministro—. Más he venido para ver al Rey.

—Es poca la gente a quien se le ha otorgado ese favor. Pero veré lo que puedo hacer— dijo el ministro.

El hombre, sin embargo, regresó enfadado a su habitación. El tiempo fue pasando y el hombre se sentía cada vez más irritado. Durante una fiesta que se había organizado en la corte, el hombre se acercó otra vez al ministro

—¡Tú!—le dijo el hombre—. ¿Por qué no me has contestado durante todo este tiempo? ¡Mira Ya es invierno y todavía no he recibido noticias del Rey!

—Señor, yo le presenté su petición al Rey, más todavía no he recibido una respuesta.

—¡Esto es un insulto!—exclamó el hombre—. ¿Cuánto tiempo me va a hacer esperar? Dicen que es un Rey muy bueno. ¡Que lo demuestre!

Sin decir ni una palabra el ministro miró al hombre y se fue.

Al rato el hombre se acercó a un borracho para averiguar algo más acerca del Rey.

—Dime amigo—dijo el hombre— ¿Es cierto que en esta tierra no hay tristeza ni hambre?

—Es muy cierto—dijo el borracho.

—Entonces, ¿por qué andas borracho si no hay tristeza ni hambre?—preguntó el hombre.

—Porque yo no soy de esta tierra; soy un refugiado de Vinum.

—Dime amigo, ¿Porque crees que esta tierra es tan especial?

—¿Qué tierra ha visto usted sin hambre? —preguntó el borracho.

—La mía, por ejemplo. Somos el pueblo más avanzado. Allí solo los que quieren pasan hambre. Tenemos también los mejores médicos, filósofos, escribas... La gente vive muchos años y...

—¿De qué tierra viene usted?

—De Gorban—respondio el hombre orgulloso—.

—¿De Gorban? ¡Vosotros destruisteis nuestra tierra!

—Amigo, no hay razón para exaltarse. Piensa que ahora vuestra tierra se enriquecerá de nuestra sabiduría. Míralo como... un mal menor.

— ¿Y qué sacaremos nosotros de la sabiduría si no tenemos libertad!

Y así el hombre pasaba el tiempo: cuestionando, increpando y sembrando dudas a toda persona que se encontraba por el camino. Pero el tiempo fue pasando y el hombre cada vez tenía menos paciencia; y al final llegó a la conclusión de que siempre había tenido razón: el Rey no existía. Desde entonces empezó a desvelar su verdad a todo el mundo. Al poco tiempo ya había arrastrado tras de sí a toda una multitud que acabó dividiendo al pueblo. Los Sabios—como se hacían llamar— ya no creían en el Rey, y tenían en mente cambiar el orden de las cosas. 

Cierto día, mientras el hombre comía con sus compañeros en la corte, el ministro se le acercó.

—Hemos estado meditando—dijo el ministro—. Creemos que ya es hora de que te vayas.

—¡Cómo?—dijo el hombre—. ¿No has visto que tengo a medio pueblo tras de mí?

—Precisamente. No podemos permitir que engañes a más gente.

—¡Engañar! Yo les enseño la verdad.

—¿Cómo sabe que tales afirmaciones son verdad? —dijo el ministro.

—Es muy sencillo: no he visto al Rey.

—Dime entonces, si no existe ¿quién mantiene la paz en este reino? ¿Quién da de comer a sus habitantes?

—Eso es algo que todavía estoy investigando. Pero te aseguro que no tiene nada que ver con el Rey —respondió el hombre—. Puede que sea la educación, o simplemente la naturaleza de los mismos habitantes.

—Sin embargo, desde que has llegado tú has educado a los hombres para que su naturaleza sea como la de los mismos animales. 

—Yo solo les he enseñado a que sean ellos mismos —dijo el hombre.

—Bien dicho —dijo el ministro—. Y como nosotros somos nosotros mismos, hemos decidido que debes irte.

Habiendo dicho eso, mandó a los guardas que le dieran provisiones y le escoltaran hasta el desierto, camino a casa. 

Después de varios días caminando el hombre se encontró a un vagabundo a punto de morir. Pero pensando que moriría igualmente rechazo darle de beber; y así, por lo menos, salvarse así mismo. Sin embargo, unos días después algo muy curioso pasó: el hombre se encontró en la misma situación que el vagabundo. Cuando ya estaba a punto de morir vio una gran compañía pasar por su lado. Por fin, un carruaje revestido de oro se paró. De él salió un hombre con cabellos y túnica blanca. Al acercarse, el hombre reconoció al anciano. Era el mismo vagabundo que había visto en el desierto.

—Por favor, ten compasión de mí—dijo el hombre—. Llévame contigo a dónde quiera que vayas. Ves, yo vengo de una familia rica y podré darte todo lo que tú desees.

—No puedo llevarte conmigo—dijo el anciano—. En mi reinado se ha decretado una orden de expulsión contra ti.

—¿Quién eres tú?—dijo el hombre.

—Soy el Rey que rechazaste.

—¡Rey! No me dejes morir. 

—Nunca te faltó nada mientras viviste en mi corte. Pero aún así decidiste rechazarme y poner a mi pueblo contra mí.

—Te pido. No tomes mis deslices en serio. Yo siempre tuve mis dudas.

—¿Y aún así, me rechazaste?—dijo el anciano.

—Así me enseñaron a hacer las cosas; es mi naturaleza.

El anciano sin decir ni una palabra se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el carruaje.

—Por favor. Ten piedad —dijo el hombre.

—Es una lástima. Pero has roto una ley, y es mi naturaleza cumplirla.

—¿Qué ley he roto señor?—preguntó el hombre desesperado.

El anciano, mirándole a los ojos, contestó:

—Dejaste morir a un hombre sediento.

Con esto, el Rey, volvió a su reino y restableció todas las cosas.